En este artículo encontrarán una ficha teórica acerca de las características de este tipo narrativo 

Ficha teórcia: Historia y ficción: del discurso histórico al discurso literario

Elaborada por Prof. Guadalupe Tavella

            A lo largo de los siglos, los hombres han necesitado representar, narrar y transmitir los acontecimientos del pasado a través de su discurso. Han encontrado muchas formas de hacerlo: desde los mitos, fabulas y leyendas hasta el actual tweet. Sin embargo, cada una de estas formas de representar tiene sus propias características y cumple un papel específico en la sociedad que las utiliza.  Como muchas veces es difícil caracterizar cada una de estas formas, nos seguimos preguntando por la diferencia entre la historia y la literatura para narrar los acontecimientos que experimentamos como sujetos y como sociedades. 

            Si nos remontamos a la Antigüedad, encontramos que Aristóteles considera la escritura de la historia y la escritura ficcional como “artes retóricas”. La retórica es la capacidad de utilizar diferentes procedimientos para la producción de un discurso. La escritura histórica ponía en funcionamiento estos procedimientos para hablar del mundo real mientras que la “poesía” lo hacía para hablar de “lo posible”. Sin embargo, ambas formas de la escritura eran consideradas “actividades creativas” o “formas de composición”.

            Durante el siglo XIX, el concepto de historia fue reformulado,  se inaugura el moderno método científico de investigación histórica. La historia ya no estaba conformada por los relatos sobre el pasado, sino que ahora se la identificó como un proceso de investigación y formulación asociada a las ciencias. Se profundizó el trabajo sobre los documentos históricos. Estas fuentes debían ser leídas como información fáctica respecto del mundo del cual hablaba. En resumen, el discurso histórico era la consideración del testigo ocular de un conjunto de acontecimientos que, al ser correlacionadas con otras consideraciones y otras clases de documentos, permitían una caracterización de los sucesos. 

            Hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX, también cambia el concepto de literatura y escritura de ficción. La escritura literaria fue disociada de la tarea de reunir las dimensiones inconscientes o latentes de la realidad humana como lo había desarrollado el romanticismo[1]. Ahora, la literatura se volvió la contracara de la historia: buscar descubrir una dimensión de la realidad que los historiadores nunca reconocerían y desarrolló técnicas de escritura propias para este propósito. En esta dirección, se produce una fuerte crisis del positivismo y del racionalismo: se duda de que la ciencia y la razón humanas basten por sí solas para explicar y cono­cer el mundo. Los grandes modernistas (desde Flaubert, Baudelaire, Dickens y Shelley pasando por Proust, Joyce, Woolf, Pound, Eliot, Stein, entre otros) estaban interesados por representar un mundo real en lugar de uno ficcional casi tanto como cualquier historiador moderno. Pero, a diferencia de los historiadores, advierten que el lenguaje no es transparente en relación con los acontecimientos que representa. Con este reconocimiento, el modernismo creó una nueva concepción de la representación realista misma. La literatura ya no busca ser una imitación de lo real a modo de espejo sino que aparece como una relectura creativa de la historia y los acontecimientos experimentados por el hombre.

            La puesta en crisis de los conceptos tradicionales de razón y de verdad promueve el diseño de un nuevo tipo de verdad comprensiva ¿Cómo distinguir entonces un relato histórico de uno ficcional? Walter Mignolo[2]  intenta aclarar estas oposiciones y propone  una definición de discurso ficcional. Dice que en el discurso ficcional:

            a) el productor del discurso realiza su acto de lenguaje con la convención de ficcionalidad.

            b) la convención de ficcionalidad es de conocimiento mutuo entre los miembros del grupo donde se produce y se interpreta el discurso.


            c) los participantes (productor y audiencia) aceptan, al conformarse a la convención de ficcionalidad, que en el discurso ficcional no se establece            correferencia entre el rol social (autor) y el rol textual (narrador).

 
            Es necesario aclarar  que en todos los actos de lenguaje hay una correferencia entre el rol social y el rol textual, excepto en aquellos que se estructuran a partir de la convención de ficcionalidad. No es posible decir  que un texto literario  es veraz o no, se ajusta a la verdad histórica o no, pues estos parámetros no funcionan en este tipo de discurso. En contraposición, el discurso de la historia se ajusta a la convención de veracidad. Sin embargo, esta convención no implica que esté forzosamente exento de mentiras o de errores.

 

Como dice Roland Barthes en su texto “De la historia a la realidad” en El susurro del lenguaje, el enunciador de un discurso histórico trata de “ausentarse”, omite cualquier marca de su presencia (no aparece la primera persona, no aparecen formas verbales que demuestren una posición sobre lo que se dice). De esta manera, la historia parece contarse sola y se constituye una objetividad aparente. Por otra parte, se cuenta lo que ha sido, nunca lo que no fue o resultó dudoso. El discurso histórico elabora un relato acerca del acontecimiento y hace una narración significativa, establece una red de discursos ideológicos y sociales y desde ese lugar "lee" los documentos y elabora una narración.

 

 Sin embargo, las concepciones actuales del discurso de la historia (Hayden White, Jacques Le Goff  y  Micel de Certeau) establecen una relación más cercana con la literatura. Estos autores afirman que tanto la historia como la literatura son discursos. Es decir, los sucesos por sí mismos no tienen significado. Es necesario que los sujetos los representen y le otorguen significado a partir de la narración. En consecuencia, no hay posibilidad de objetividad, la historia es una construcción discursiva y memoria colectiva de los hechos del pasado. Con esta nueva concepción, la historia y la literatura reformulan su relación, ya que la literatura ofrece una alternativa para interpretar los acontecimientos desde la ficción, escuchar voces y observar desde perspectivas que quizás el discurso de la historia deja de lado.

 

En la literatura de América Latina, las novelas que toman acontecimientos históricos suele asumir un carácter fuertemente crítico ya que introducen otros ángulos para mirar los acontecimientos. En muchas obras se asume la visión “desde el margen y desde abajo”, las voces de los silenciados y los subalternos (de clase social y de género sexual), la de los periféricos a la gran concepción épica de la historia. Por otra parte, se experimentan diferentes procedimientos para narrar los sucesos. Entre ellos aparece la introducción de elementos fantásticos y maravillosos, la parodia y el pastiche, la distorsión deliberada de los hechos con omisiones, hipérboles o anacronismos, y una refinada preocupación por el lenguaje. La literatura que toma los acontecimientos históricos o políticos de América Latina dispone los procedimientos propios de la narración contemporánea para contar de otra manera los sucesos.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

 

En el caso de Argentina, desde los primeros textos existe una fuerte relación entre la literatura y la historia. Si bien hay una variedad de autores y temáticas, aparecen algunas de las siguientes tendencias:

 

a) “Desconstrucción” de los héroes oficiales (es decir, de las figuras heroicas           elaboradas a partir de la tradición escolar). Se le otroga al héroe una        intimidad, un espesor humano, un “cuerpo” del que antes carecía.

 

b) La “reinvención” de las “heroínas”, el reposicionamiento de las mujeres en el       espacio público.

 

c) Revisión de los grandes acontecimientos de la historia desde la perspectiva         de experiencias personales.

 

d) Narración de las experiencias desde perspectivas alternativas como la     infancia           y la adolescencia.

 

 

Bibliografía consultada

Barthes, Roland: “El discurso de la historia” en El susurro del lenguaje, Buenos Aires, Paidos, 1999.

Donzelli, María Inés: “El discurso de la historia y el discurso de la ficción”, Revista Fudanción Cultural, disponible en http://www.fundacioncultural.org/revista/nota11_41.html

Mignolo, Walter: Ficcionalización del discurso historiográfico” en Augusto Roa Bastos y la producción cultural americana, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1986.

 

White, Hayden: “La escritura del pasado y el futuro de la historiografía”, conferencia dictada en el marco del Encuentro Internacional organizado por los departamentos de Ciencias Sociales y de Estudios Históricos de la Universidad Tres de Febrero y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, disponible en http://blogcronico.wordpress.com/2011/04/14/hayden-white-discurso-historico-y-escritura-literaria/

 

[1] El rasgo distintivo del movimiento romántico es su base en lo subjetivo. El centro, el principio de organización es el sujeto, concebido como Yo individual. Y la función del romanticismo en la formación de la cultura burguesa fue representar la subjetividad como Yo individual.  Los románticos convirtieron al sujeto individual en el punto de vista desde el que había de considerarse el mundo, por lo que tuvo este movimiento un carácter profundamente introspectivo. De modo que el verdadero tema de la literatura o el arte romántico no suele ser el tema externo, sino la vida psicológica íntima. El espacio psíquico se hace cada vez más profundo y abismal. 


    Una consecuencia de su postura determinadamente individualista fue que el universo podía reflejarse dentro de un sujeto individual. Y el arte, como capacidad de inventar, es paradigmático de la capacidad del hombre de introducir la existencia misma en su mente y reescribirla de acuerdo con las imágenes del deseo. El poeta romántico define, crea y transforma en sus textos la realidad y da vida al yo definidor y creativo (extraído de http://www.ale.uji.es/romuniv.htm#paradigmas).

 

[2] Mignolo, Walter. “Ficcionalización del discurso historiográfico” en Augusto Roa Bastos y la producción cultural americana, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1986.

Fecha: 8/10/2018 | Creado por: Paula
Categoria: 4º año